Belleza de supermercado


Nos bombardean con el sentido único de la “verdadera” belleza. Nos dicen cómo debemos ser, vestir, oler, tener, estar. Caminar por la calle nos obliga a participar de un desfile de productos de belleza listos para ser adquiridos en el local más cercano.

La forma en que funciona y ordena un supermercado se estructura de manera homóloga al imaginario que pregna la sociedad de consumo, pues uno, al igual que el otro, instituyen un espacio de supuesta transparencia en donde la adquisición de productos parece ser tan simple como el hecho de tenerlos al alcance de la mano. Esta ilusión opaca la situación real en donde – a pesar del histeriqueo objetual en donde los productos se nos muestran cercanos- la libertad de adquirirlos se revela falsa. Somos construidos socialmente como sujetos “supermercado”, formateados por un amplio reservorio de deseos que satisfacemos para que vuelvan a surgir otros. Vivimos en un mundo donde todo es considerado mercancía (posible de comprar y vender) incluso nosotros mismos, valorados como objetos participantes del supermercado de identidades. En este sentido la belleza tiene un papel privilegiado pues a partir de la adquisición de productos que “la” prometen, se sostiene un consumo renovado que sólo logra profundizar la constitución de una identidad (superficial) y funcional a un mundo de apariencias.

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